¡Solo Dios basta!

Mons. Agustín Román

 

 

El 12 al 24 del pasado septiembre visité las Islas Canarias. Pude hacer un recorrido por cuatro de ellas. Comenzamos por Tenerife y Gomera y continuamos por Gran Canaria terminando en Lanzarote. Acompañaba a la peregrinación muy bien organizada por BruMed Travel con un grupo maravilloso de personas que desde el comienzo nos sentimos en familia. Yo personalmente buscaba visitar la tierra de mis bisabuelos. Cuatro de ellos vinieron de esa linda tierra y formaron su familia en Cuba de donde procede la nuestra. Buscaba también descubrir los pasos de un misionero extraordinario que siempre he admirado y que mucho me ha inspirado como sacerdote y como obispo. A la vez he soñado que llegará el día en que pueda recorrer los pasos del mismo misionero en mi propia patria cuando el pastoreara mi pueblo de 1851 a 1857 como Arzobispo de Cuba.

Hice el viaje siguiendo su autobiografía donde nos describe su pasión misionera por un poco más de un año, desde marzo de 1848 a mayo de 1849 en las Islas Canarias. El párroco de la Catedral de Las Palmas en gran Canaria me dijo que “la historia religiosa de Canarias se divide en dos partes: antes y después del Padre Claret.”

Comenzó acompañando al nuevo obispo de entonces, Buenaventura Codina al llegar a Santa Cruz de Tenerife el 11 de marzo de 1848 con una gran misión que despertó a los cristianos que a pesar de los años no lo olvidan. En aquella linda isla donde se levanta el Teide, la montana más alta de España se encuentra el santuario de la patrona del pueblo Canario: Nuestra Señora de la Candelaria. Allí junto a los peregrinos celebré la santa misa no sin antes hacer el recorrido por aquel paraíso de bellos paisajes. Desde allí visitamos en un barco La Gomera con su encanto particular. Celebré la misa en la parroquia de San Sebastián pues desde allí partió Cristóbal Colón con sus carabelas a descubrir esta América donde vivimos. Allí se conserva el púlpito desde donde los descubridores escucharon la última predicación en el Viejo Continente. Allí está la fuente de agua bendita de donde trajeron a América la primera agua bendecida.

Siguiendo los pasos de Claret, pasamos a Gran Canaria con sus bellos paisajes, los mismos que el Padrito como le llamaban los canarios contempló y como le harían bendecir la creación seguramente con el cántico de Daniel que recitamos en Laúdes.

El rápido recorrido me hacía descubrir continuamente lo que el Santo Misionero viviría lentamente sembrando la Divina Palabra en cada comunidad. Desde la guagua leíamos los nombres en la ruta de lugares misionados: Telde, Aguimes, Arucas, Galdar, Guía, Moya, Firgas y esto hacía imaginar como aquel sacerdote pequeño de estatura pero grande de corazón que rechazaba el usar caballos o camellos, se trasladaba en aquellos difíciles caminos de un lugar a otro tan sólo con sus pies llegando tan lejos que hoy se le recuerda como si hubiera pasado este mismo año, después de haber transcurrido ciento cincuenta y siete años de aquella aventura misionera.

Al llegar a Teror en el Santuario de la Virgen del Pino, patrona de Gran Canaria celebramos la Eucaristía y junto al púlpito donde predicó durante todo el mes de octubre del año 1848, oramos y nos retratamos para que al pasar el tiempo, no se nos borrara aquella linda experiencia.

En las Palmas, capital de la Isla, visitamos la catedral de Santa Ana que conserva el púlpito también como una reliquia del paso de aquel sacerdote que fuera después Arzobispo de Cuba.

De Gran Canaria pasamos a Lanzarote y nos alojamos en Teguise, lugar muy desarrollado desde el punto de vista turístico pero que oyó la predicación de Claret cuando era tan sólo una pequeña aldea. El recorrido por la isla de los volcanes con sus pintorescas viviendas pintadas en blanco con puertas y ventanas verdes dentro de un paisaje muy árido desconocido para nosotros en Florida, nos dirigimos a la capital Arrecife, linda ciudad. Allí celebramos la última Eucaristía en la parroquia de San Gines donde el santo misionero cerraría aquella gira misionera de quince meses con la celebración de la Misa. Allí también nosotros tuvimos la última Misa junto al púlpito desde donde se despediría de aquel lindo pueblo que lo amó mucho y que también con amor él le respondió.

De Lanzarote fuimos a Madrid. Allí estuvimos del 21 al 24 donde tuvimos la oportunidad de visitar distintos lugares históricos. Al salir el 24 nos llegamos a la parroquia de San Marcos, una vieja iglesia del siglo XVII y al revestirme en la Sacristía me dijo el sacristán que en el púlpito de aquel templo había predicado San Antonio María Claret. Habíamos recorrido el camino del misionero en Canarias pero no sabíamos que la peregrinación iba a terminar con ese gran regalo.

Podíamos preguntarnos que tenía este hombre que al misionar despertaba las multitudes tan sólo con la luz del Evangelio a un pueblo que sufría la pobreza y el hambre en el tiempo en que no había radio, televisión, teléfono, fax, internet, transportes rápidos, luz eléctrica comparando a nuestra época con tantos medios. La respuesta es solo, una: él lo dijo al presentarnos al verdadero misionero. “Es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura por todos los medios posibles encender a todo el mundo en el fuego del divino amor; nada ni nadie le arredra; se goza en sus privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias que le levantan; se alegra en los tormentos y dolores que sufre; se gloría en la cruz de Jesucristo”. Un hombre así fue capaz , con medios pobres del siglo XIX, arrastrar a miles de personas que sin luz eléctrica, ni aire acondicionado, los templos se hacían pequeños y tenía que predicar en las plazas como fue en la parroquia de San Mateo de Gran Canaria y tantos otros lugares donde nos deteníamos con asombro. No es fácil hoy comprender esto. Pero esto fue así y su única respuesta la dio Santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”.

 

Fuente: Revista Ideal Noviembre del 2004 No.331