Cuarto encuentro con el Padre Pastor González

Mons. Agustín Román

 

 

Acabo de leer el libro titulado “Pastor González, Sacerdote y Pastor” escrito por María Teresa Lammoglia, que me ha hecho vivir preciosos momentos al recorrer la vida de un hombre que vivió el evangelio y lo enseñó a vivir.

Realmente hay hombres que admiramos mucho de lejos y después no tanto de cerca. Mi relación con el Padre Pastor González fue diferente, lo admiré mucho de lejos cuando lo conocí en la Acción Católica por referencias y muchísimo más cuando tuve el privilegio de conocerlo de cerca en tan solo cuatro ocasiones.

Recuerdo el domingo 3 de julio de 1949 cuando lo despedimos en el aeropuerto de Rancho Boyeros al partir hacia España para comenzar su noviciado en la Orden Escolapia. Yo era un joven que junto a otros jóvenes de la Acción Católica del grupo federado de la parroquia de San Antonio de la Baños, nos llegamos al aeropuerto para despedirlo. Había mucha gente y entre todos un buen grupo de intelectuales amigos que lo despedían con gran admiración.

Había cambiado una carrera profesional exitosa por un estado que en Cuba en aquella época no era lo más apreciado: el sacerdocio.

Entre todos los que lo despedían pasamos nosotros los jóvenes y le dimos la mano. Lo vimos sudando con su pañuelo en mano y con sus ojos llenos de lágrimas. En su cara leíamos que le costaba dejarlo todo para seguir a Jesucristo solamente. En su cara leíamos lo que le costaba dejar a Cuba aunque fuera por algunos años pues ya conocíamos su historia de lucha como maestro por educar a la juventud, como político por establecer la justicia en fin, así era toda su rica historia.

El segundo encuentro fue en la ciudad de Matanzas en 1954, en la misma ciudad donde el Padre Pastor había sido bautizado, ya mayor, durante la década de los treinta. Era yo seminarista entonces en el Seminario de Colón y me encontraba ese día con mi Obispo Monseñor Alberto Martín Villaverde en un concurrido acto católico que se celebraba en el parque central y que había sido invitado por el mismo Obispo el Padre Pastor. Habló desde un balcón del municipio. Histórico balcón, porque desde aquel mismo balcón había hablado cuando activista del ABC, trabajaba con tantos otros jóvenes buscando como transformar las estructuras cubanas de gobierno para establecer la justicia y la paz en beneficio de nuestro pueblo. Aquel Pastor, ya sacerdote recientemente ordenando que acababa de venir de Roma donde había estudiado en la Universidad Gregoriana comenzó recordado que años atrás en aquel mismo lugar había hablado de cómo trasformar el reino del mundo y que ahora venía invitando como transformar los corazones humanos en el Reino de Dios.

El discurso fue sólido en contenido y tan vibrante que hizo responder a la multitud con largos y calurosos aplausos. Ya lo había dicho Jorge Mañach: “Pastor era un orador elocuentísimo, de palabra brava y noble a la vez batalladora y alta.”

El tercer encuentro fue, ya yo sacerdote en julio de 1959, en el Seminario “El Buen Pastor” cuando participó en un panel que se ofreció a los sacerdotes. Varios sacerdotes panelistas expusieron la situación política que Cuba vivía. La presentación del Padre Pastor fue magistral ya que si bien algunos sacerdotes al exponer sus ideas se elevaban bastante, el Sacerdote Escolapio, como pedagogo al fin, nos presentó el comunismo con ejemplos que rápidamente eran comprendidos. Recuerdo uno que a pesar de los años no he olvidado. Nos dijo que el comunismo era como una barra de dulce guayaba procedente de muchas guayabas que para formar la pasta tenían que ser molidas y que solo la cortaba el cuchillo que representaba el partido. Al pasar los años, recuerdo la cubanía en aquel buen sacerdote.

El cuarto y último encuentro fue aquí en su paso por Miami en 1982. Ya yo era Obispo cuando lo recibí al visitar el Santuario de la Virgen de la Caridad. Hablamos largo rato. Me habló entonces como a un hermano. Conocí en lo profundo aquel corazón sacerdotal. Aquel hombre admirado educador, formador, misionero en Guantánamo, profesor del Seminario, gastado en su salud que ya contaba setenta y dos años vividos fielmente con treinta y tres años de sacerdocio. El Padre Pastor era parte de un pueblo por donde estaba pasando el huracán marxista desde hacía 28 años. Aquel sacerdote firme en su fe y esperando solo en Jesucristo con suficiente paciencia que a pesar de la presión permanente del ateísmo se mantenía fuerte y fiel a la comunidad que pastoreaba.

Al celebrarse las Bodas de Oro de su ordenación sacerdotal sus hijos espirituales han querido rendirle homenaje, agradeciendo todo lo que el buen Dios realizó a través de su persona y al celebrar la misa con ellos descubrí que por los frutos se conoce el árbol

 

Fuente: Revista Ideal Agosto del 2004 No.330