Ante el Memorial Cubano

Mons. Agustín Román

 

 

El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sigame". Estas son palabras de Nuestro Señor Jesucristo que podemos encontrar en los Evangelios y son, ciertamente, palabras que encierran un gran compromiso para cada cristiano: tomar cada uno su cruz, negarse a sí mismo y seguir a Jesús.

Yo estoy Seguro, además, de que no habría palabras más precisas para describir la vida de los que se olvidan de todo interés personal, hacen suya la cruz de su pueblo y siguen al Señor hasta la muerte, en pos del ideal cristiano de la justicia. Fue el propio Jesús quien llamó bienaventurados a los que tienen hambre y sed de justicia y quien nos dijo, además, que no hay amor más grande que el de aquel que da la vida por sus amigos.

Por lo tanto, si es siempre hermosa la costumbre de rezar por los difuntos, lo es mucho más hoy, en que ponemos a los pies de nuestra Santísima Madre de la Caridad del Cobre, nuestra plegaria por aquellos que dieron sus vidas por el bienestar de la patria y por la felicidad de todo su pueblo. Al hacer esto, es como si regáramos con la fe, la esperanza y la caridad, la semilla de amor cristiano que ellos sembraron con la entrega de sus vidas.

En nuestra gratitud, y en nuestra oración, están presentes todos aquellos que se entregaron en el sacrificio último y definitivo, independientemente de todo sectarismo político o religioso, pues la patria es de todos, y Dios es Padre de todos. Yo no puedo evitar, sin embargo, tener presente ahora, de una manera muy especial, el recuerdo de muchos jóvenes cubanos de firme militancia religiosa, que fueron también víctimas fatales de la dictadura marxista, ya que, cumpliendo con la exhortación del Apóstol Santiago, ellos demostraron la fe de sus corazones, con las obras de su vida.

Pienso en muchachos como Rogelio Fernández Corzo y Juanín Pereira, católicos de misa y comunión diarias. En Alberto Tapia y en Virgilio Campanería, este último monaguillo en el Central Conchita, allá en Matanzas, miembros todos de la Agrupación Católica Universitaria. Pienso en Julio Guevara y en Norberto Camacho, miembros de la Juventud Católica en Remedios, Las Villas. Todos ellos fueron fusilados y todos, como tantos otros, murieron dando vivas a Cuba Libre y a Cristo Rey. Pienso en Arnaldo Socorro, aquel joven miembro de la Juventud Obrera Católica, 19 años de edad, asesinado en las calles de La Habana mientras enarbolaba el estandarte de la Virgen Mambisa en aquella famosa procesión que convocara nuestro inolvidable pastor y profeta, Monseñor Eduardo Boza Masvidal. Pienso en ellos y en todos los que no he nombrado, y por todos, por todos los que han muerto por Cuba, pedimos al Señor.

Al ruego por su eterno descanso y por el consuelo para sus familiares, hemos unido siempre en la Ermita de la Caridad, el Santuario levantado por la fe del pueblo cubano desterrado, nuestras súplicas fervorosas por la materialización del precioso ideal al cual consagraron sus esfuerzos los que han muerto por la libertad. Hoy, reiteramos también ese ruego sincero y doliente por la liberación real del pueblo cubano.

Cuando oramos así, por la real liberación de nuestro pueblo, tenemos que entender esa frase "liberación real" en su dimensión política, claro está, porque es justo reclamar que, tras tantos años de privación de todos sus derechos, no se quiera para nuestra nación algo menos que el disfrute pleno de todos esos derechos, que no son regalo de ningún poder de la Tierra, ni de ningún sistema político, sino que son atributos de la dignidad conque el Creador invistió a todo ser humano, hombre o mujer.

Es justo el reclamo de que las cosas cambien en Cuba, y que cambien radicalmente hacia la democracia, sin mediatizaciones que la disminuyan y sin ningún tipo de continuismo que pudiera perpetuar en el futuro los males del presente.

Al mismo tiempo, cuando pedimos la "liberación real" para Cuba, es imperativo que entendamos ésto también en su profunda dimensión espiritual, porque si nos conformáramos solamente con una realidad política, estaríamos menoscabando en su sentido más íntimo el legado de los mártires y condenando a la nación cubana a la repetición futura de conflictos y dolores semejantes a los que hoy padecemos, no importa bajo cual signo ideológico.

“No es libre por fuera, quien no es libre por dentro" nos dijo Monseñor Boza, a quien ya mencionamos, y cuya memoria de hombre de Dios y de patriota ejemplar, podemos venerar juntamente a la de los que hoy honramos, pues él también vivió y murió por Dios y por Cuba.

Para que haya liberación real, tenemos que liberar todos los corazones cubanos, los de aquí y los de allá, de la esclavitud del odio marxista, del resentimiento, del materialismo, de todo deseo de venganza, y de todo lo que pueda situarnos en el bando de los que odian y destruyen. Como quería José Martí, tenemos que situarnos en el bando de los que aman y fundan. Y si queremos poder decir, como él “yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma", hemos de mostrarle a Dios nuestra sinceridad cuando le decimos “perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden".

Hemos de aspirar, como clama un precioso himno a la Virgen, a que “todos seamos hermanos", pues ni la fraternidad, ni la misericordia contradicen la justicia, sino que la confirman y la hacen eficaz.

Al luchar por esa liberación, liberación real en todos sus aspectos, no estaremos haciendo otra cosa que cumplir con aquellos cuya memoria honramos hoy. En ese espíritu, repitamos aquí, como una oración mas, estas frases tomadas de la carta de despedida de Virgilio Campanería, escrita el 17 de abril de 1961, pocas horas antes de ser fusilado:

"La muerte no me preocupa, porque tengo fe en Dios y en los destinos de mi Patria... ya no habrá mas odio entre hermanos, ya no habrá gargantas que pidan paredón. Todo será amor entre cubanos, amor de hermanos, amor de cristianos... ¡Pobre Cuba, cuánto has sufrido!, pero la Cuba nueva surge del odio para sembrar el amor, de la injusticia para sembrar la justicia, justicia social, no demagogia engañadora de pueblo... una Cuba para los cubanos... con todos y para el bien de todos”... Amén.

Fuente: Revista Ideal Marzo del 2004 No.327