El Padre Varela y las reflexiones del presente

Mons. Agustín Román

 

 

El pasado 25 de febrero conmemorábamos el 151 aniversario de la partida al cielo del Siervo de Dios Félix Varela y Morales, aquel sacerdote, precursor en muchas experiencias de triste actualidad para sus compatriotas de hoy, que dejara la marca de su santidad y de su patriotismo tanto en Cuba, su tierra natal, como en los Estados Unidos, la tierra de su exilio.

Al pensar en su vida, su obra y su muerte, no pude menos que reparar una vez más en el valor tremendo y en las incalculables repercusiones de hechos, aparentemente insignificantes desde la lógica humana, pero que llevan en sí mismos un gran potencial de maravillas cuando se sustentan en una vida virtuosa puesta al servicio de Dios y de aquellos en quienes podemos encontrar el rostro de Jesucristo, su Hijo: los más pobres, los oprimidos, los desterrados, los inmigrantes... los pequeños del Señor.

Varios escritos sin grandes pretensiones literarias; homilías y enseñanzas expresadas con sencillez y firmeza de convicciones, todo ello difundido solamente a través de los rudimentarios métodos que permitían su época y sus recursos -sin micrófonos, sin rotativas, sin teléfono, sin radio ni televisión, sin computadoras, sin redes de transmisión masiva-, una pobreza evangélica vivida sin amarguras y un profundo y equilibrado amor a la patria, carente de personalismos y estridencias, bastaron para que, poco tiempo después de su muerte, se le reconociera ya como “el santo de Cuba" y el forjador de la nacionalidad cubana.

Hoy, la Iglesia lo tiene camino a los altares y con cada generación de cubanos se evidencia más ciertamente su trascendente sabiduría en los asuntos de la patria.

Si nos preguntáramos por qué una labor tan humilde ha resultado ser tan provechosa, habría que decir, como causa primordial, que su obra partió de su fe, su esperanza y su caridad cristianas, manifestadas con gran valentía en circunstancias tan difíciles como la persecución y el ostracismo. Hemos visto cumplirse las promesas de las bienaventuranzas en la vida del Padre Varela, cristalizar en su obra la parábola de la semilla de mostaza, y comprobar, tras su muerte, la vigencia actual del grano de trigo que Jesús nos puso como ejemplo de fructificación inmortal.

A todo esto habría que añadir, me parece a mí, el que todos los pensamientos y las iniciativas del Padre Varela se formularon después de una seria reflexión sobre cada materia y sobre cada caso, de ahí que se dijese también de él, con gran justicia, que fue "el primero que nos enseñó a pensar".

Decir eso, que nos enseñó a pensar, quiere decir categóricamente que nos enseñó a pensar correctamente, algo que no es posible si no se reflexiona a la luz de Aquel que tiene "palabras de vida eterna", si no se fundamenta el pensamiento en principios sólidos y en razonamientos sensatos. Todo ello lo conjugó el Padre Varela en función de cubanía y en servicio a su pueblo y a la humanidad entera.

Monseñor Eduardo Boza Masvidal, profeta y pastor de los cubanos de estos tiempos, espejo fiel de Varela, y cuyo primer aniversario de defunción -muerto también en santidad y en destierro- conmemoramos el 16 de marzo, nos decía hace algunos años, refiriéndose precisamente al que “nos enseñó a pensar"... “es el primer intelectual cubano que con su palabra y con su pluma va sembrando una serie de ideas que fueron formando nuestra conciencia como pueblo hasta culminar en el ideal de libertad... algunos miopes intelectuales... pudieron pensar que estaba perdiendo el tiempo, pero él sabía que las ideas mueven al mundo y que sin esa siembra el fruto de la independencia no se hubiera producido... y estaba convencido de que esa vida basada en la fe era la mejor para hacer una patria grande. Por eso dice en las Cortos a Elpidio... no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad." (“El Padre Varela: un ejemplo para el exilio" Revista Ideal, libro "Voz en el Destierro", Pág. 245)

Por su parte, el Cardenal Jaime Ortega, Arzobispo de La Habana, nos decía hace un año, en su carta pastoral conmemorativa del sesquicentenario de la muerte del Padre Varela y que tituló con la frase vareliana anteriormente citada "No hay patria sin virtud": "Fue el Padre Varela... sacerdote preclaro, de vida santa, no veía ningún modo de abordar el mundo y el quehacer de los hombres en él, que no incluyera una postura ética ante la realidad, y no concebía otro fundamento para la ética sino la fe religiosa, asumida personalmente y respetada socialmente".

Esa patria virtuosa que Varela quería, esa "patria grande" cuya visión compartía Monseñor Boza, esa postura ética ante la realidad tan necesaria para conducir acertadamente la vida de la nación, solamente pueden salir de un “pensar bien" entre cubanos, de pensar, en fin de cuentas, como el propio Varela nos enseñó. “...descubrir y ejercitar la facultad reflexiva para tomar decisiones es pensar" dice también el Arzobispo de La Habana en el texto ya citado.

Si siempre es necesario reflexionar concienzudamente cuando de la patria se trata, ¿cuánto más lo será en situaciones tan graves como la que vive Cuba actualmente, cuánto más cuando está en juego, como parece estarlo ahora, el futuro de la nación?

Yo veo con satisfacción y con esperanza cómo varios grupos de cubanos, tanto en la isla como en la diáspora, están uniendo sus pensamientos, y sus conocimientos, para analizar y buscar soluciones a la gran crisis del presente, a la vez que elaborar proyectos y planes que contribuyan a un futuro de libertad y justicia para nuestro pueblo. Veo con alegría esa preocupación por el destino nacional, creo que debemos darle la bienvenida a todas las propuestas que sean fruto precisamente de la reflexión y me parece que la diversidad de ideas, que es propia de la democracia, nos debe servir de estímulo para continuar, con respeto mutuo y espíritu fraterno, buscando los caminos mejores para poder construir, entre todos, esa república cordial donde cada cubano pueda disfrutar de "la libertad gozosa de los hijos de Dios".

Quiero animar, pues, a todos mis compatriotas, particularmente a los dirigentes y militantes de los grupos disidentes dentro de la isla y de las organizaciones del exilio, a insistir en la reflexión en cubanía, en la reflexión seria, serena y patriótica, en el "pensar bien" del que "nos enseñó a pensar" pues estoy seguro de que entregando todas esas reflexiones sobre Cuba en las manos de Nuestra Señora y Capitana, María, nuestra Madre de la Caridad del Cobre, ella las pondrá en el corazón sacratísimo de su Hijo, el Señor de la Vida, que vino al mundo para anunciar la liberación a los cautivos y la salvación a todos los hombres.

Los bendice,
Mons. Agustín A. Román
Miami, 3 de marzo del 2004

Fuente: Revista Ideal Marzo del 2004 No.327