San Antonio María Claret, Sagrario Viviente

Mons. Agustín Román

 

 

En este año dedicado a la Eucaristía hemos comenzado el primero del novenario de años en preparación a la celebración del cuarto centenario de la aparición de la imagen de la Virgen de la Caridad en el norte oriental de Cuba.

Jesús Sacramentado y la Santísima Virgen son los dos grandes amores de San Antonio María Claret, Arzobispo de Cuba de 1851 a 1857.

Claret fue el hijo amante de la Virgen y el adorador permanente del Señor Sacramentado. Claret es un lindo ejemplo que podemos presentar en este primer año del novenario. Un misionero que ardía en los amores de Jesús y María y que hacía arder el corazón de todos aquellos que se acercaban a él. En el primer sermón al hacer su entrada en su Catedral de Santiago de Cuba pronunció estas palabras: “La prelada será la Virgen Santísima, mi forma de gobierno será la que ella me inspire.” Estas frases se oyeron repetir en diferentes ocasiones durante su constante evangelizar en Camagüey y Oriente. Es sabido que el objeto de sus enseñanzas era preferentemente Cristo con la Virgen, y por medio de la Virgen, la Virgen del Cobre daba gracias al cielo por sus ruegos que obtenían sus beneficios y misericordias tan abundantes en su trabajo misionero. Una atmósfera mariana, clara y alegre vino a ser el medio ambiente en que se desarrolló aquella cruzada misionera que iluminó su Arquidiócesis en la Isla del Caribe. Su comienzo Evangelizador empezó con una peregrinación a los pies de la Virgen de la Caridad en su Santuario del Cobre.

Uno de los momentos más emotivos de Claret en Santiago de Cuba fue su respuesta al conocer la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción por el Santo Padre Pio IX el 8 de diciembre de 1854. Esto le hizo tomar la pluma y escribir una hermosa carta pastoral dando gracias por el día feliz en que la Iglesia hacía la declaración del dogma tan esperado por el Santo.

La carta pastoral es el mejor testimonio de su amor a la Madre del Señor. Eran las cinco y media de la tarde cuando terminando de escribirla, el Santo Arzobispo estampó su firma en esta carta, donde había reflejado todas la actividades y matices de su admirable personalidad y lleno de fervor se acercó a la imagen de la Virgen postrándose en profunda veneración.

Como por sorpresa, según el mismo manifiesta, oyó con toda claridad y distinción una voz que desde la imagen le decía “Bene scripsistí”: “Has escrito bien.” Esta aprobación del cielo fue subrayada entusíasticamente en la tierra al ser leído el documento en distintas partes.

El Santo Arzobispo vistió a Santiago de fiesta hace 150 años con luces y adornos en honor de la Reina y Señora de Cielos y Tierra que hizo despertar a los feligreses a la alegría de la celebración.

Sí el amor a María era grande, grande fue su amor a Jesús Sacramentado durante toda su vida. Desde niño se le vio dedicar largas horas de visita al Santísimo Sacramento. Cuando recibía la comunión, fueron sus momentos más felices en su adolescencia y ya ordenado sacerdote, resaltaba visible y notoria la reverencia con que a diario celebraba el sacrificio del altar. Sus ardientes ansias por fundir su espíritu con el Señor presente en el Sagrario le hacia exclamar frecuentemente: “Oh Jesús así como el agua se mezcla con el vino en el sacrifico de la misa, así quisiera yo juntarme contigo y ofrecerme en sacrificio a la Trinidad Beatísima” y en otra ocasión escribía a su Director Espiritual: “Tan viva es mi fe cuando me hallo en presencia del Sacramento del Altar, que no me es posible explicarlo.”

Pero no pudieron terminar este llamado a vivir el Año Eucarístico en el Novenario de preparación a la aparición de Nuestra Madre María de la Caridad sin compartir la gracia que el gran misionero vivió en sus últimos nueve años. Prefiero que sea él quien nos lo cuente: “El día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la Iglesia del Rosario, en la Granja, a las siete de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho.” Desde esa tarde, el fuerte lazo que unía el espíritu y corazón de Claret con el corazón de Cristo, se hizo más estrecho todavía, más ardiente y vigoroso, la comunicación mística se hizo continua, la fusión de su alma con la divinidad inseparable.

En estos 9 años en que nos preparamos a celebrar en el 2012-2013 la aparición de la imagen de la Virgen de la Caridad, debemos acercarnos al Arzobispo Claret y seguir sus pasos para que lleguemos a conocer más a Cristo con su Santísima Madre y podamos convertirnos y ayudar a convertir a otros en mejores cristianos.
San Antonio María Claret

Fuente: Revista Ideal Enero del 2005 No.332