La liberación de los prisioneros del Mariel

Mons. Agustín Román

 

 

El tiempo de Cuaresma, este período de oración intensa y fructífero sacrificio conque la Iglesia se prepara para la celebración de los grandes misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, nos debe acercar de una manera íntima y real a todos los que sufren en el mundo, cualquiera que sea el motivo de su sufrimiento, pero, de una forma especial, a aquellos que padecen injusticias, a los que son víctimas de la ceguera o el egoísmo de otros hombres.

Nunca debiéramos olvidar, sobre todo cuando tratamos de juzgar a los demás, que Jesús de Nazaret fue el hijo de un pueblo oprimido, injustamente torturado, condenado a muerte y ejecutado, entre los epítetos hirientes de unos y el desprecio de casi todos. De ahí que los que tenemos a aquel condenado a muerte como nuestro Señor y Salvador, hemos de pedir insistentemente a los encargados de administrar justicia en el mundo, que sean humildes ante las faltas ajenas y ejerzan siempre la más prudente pulcritud al cumplir su importante tarea.

La importancia de tratar de ser justos es uno de los tópicos que sobresalen en las Sagradas Escrituras. Entre los textos más citados en las lecturas propias de la Cuaresma, están los del profeta Isaías, cuyas alocuciones conforman uno de los libros de la Biblia. Este profeta vivió en el siglo VIII antes de Jesucristo y todo parece indicar que era una persona influyente en Jerusalén, ya que gozaba de facilidad para presentarse ante los reyes de Israel. En su prédica al hablarle a los poderosos de su época, Isaías hizo énfasis, entre otros, en el tema de la justicia.

Así podemos leer, por citar sólo un ejemplo, que este profeta nos dice como palabra de Dios, lo siguiente: “El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía”.... (Isaías 58, 6)

En el espíritu de la Cuaresma, pues, y de acuerdo a nuestras raíces judeo-cristianas, es muy difícil no sentirse alegre al saber que ya se ha comenzado a abrir las puertas de las prisiones para centenares de personas que permanecían en detención indefinida, por órdenes del Servicio de Inmigración, después de haber cumplido la pena que por sus delitos se le impuso a cada uno, algo sobre lo cual hube de expresarme públicamente tan pronto se conoció el fallo de la Corte Suprema que echó abajo esa injusticia.

Sin embargo, en ese mismo espíritu, habría que enfatizar ahora que al hacerse justicia, ésta debe producirse en un entorno que propicie el disfrute de la misma, tanto por las personas directamente beneficiadas, como por las comunidades de las cuales ellas forman parte.

Lo anterior, que es también de sentido común, fue lo que movió a los miembros del “Task Force” o Equipo de Trabajo de las Organizaciones del Exilio Cubano, que dio la batalla desde los años 80 porque se subsanara el error que ahora la más alta corte del país ha reconocido como tal, a pedir que no se pusiera en libertad a ninguno de los detenidos que no estuviese adecuadamente preparado para reintegrarse a la sociedad contra la cual había delinquido anteriormente y a abogar por el establecimiento de “casas medias” y otros programas de rehabilitación, entrenamiento y ayuda psicológica que facilitaran la transición de la vida en la cárcel a la vida en libertad.

La experiencia de alrededor de siete mil prisioneros del Mariel liberados desde entonces, que se han destacado a nivel nacional por el bajo índice de reincidencia criminal que pueden mostrar como grupo, es el mejor testimonio a favor de una liberación ordenada, determinada caso por caso y precedida de un tiempo de preparación con esos elementos rehabilitadores de entrenamiento y ayuda, que incrementen las posibilidades de que no recaigan en el delito los que ahora son liberados.

Ha sido reconfortante, en este orden de cosas, saber que el Servicio de Inmigración ha dicho que agilizará la obtención de permisos de trabajo para ellos y tratará de exonerarlos del pago de la tarifa asignada. Esto debe concretarse a la brevedad posible, por el bien de todos.

Quiero dar las gracias públicamente a los funcionarios que han sido sensibles a esta urgente necesidad. Al mismo tiempo, quiero apelar directamente a los empresarios y comerciantes de nuestra comunidad, especialmente a los cubano-americanos, así como a las autoridades locales, a abrir oportunidades de empleo para estos hombres que necesitan ayuda para poder rehacer sus vidas.

Permítaseme insistir en la urgencia de que las excarcelaciones no se produzcan sin el acondicionamiento previo necesario para los que han de ser liberados. Permítaseme insistir igualmente en que la prudencia indica que, al tiempo de ser liberados, los actualmente detenidos deben ser proveídos de los elementos indispensables para sus primeros pasos en la vida en sociedad, como serían el permiso de trabajo, un status migratorio legal y algún tipo de entrenamiento laboral.

Y permítaseme también, por último, apelar nuevamente al corazón de mis conciudadanos para que no neguemos la oportunidad de la resurrección al bien a estos compatriotas que, víctimas, en fin de cuentas, del sistema materialista y ateo en el cual fueron formados, recibieron, además del justo castigo por sus errores, la injusta prolongación del mismo, más allá del reclamo de la razón y la misericordia.

Que el espíritu de verdadera justicia, que sólo puede provenir de Dios, y que es el signo de la Cuaresma, nos envuelva a todos de acuerdo al mandamiento del amor que nos dejara Aquel prisionero que a todos nos hizo libres.

Fuente: Revista Ideal Marzo del 2005 No.333