El Cardenal Ortega: Directamente al corazón de nuestros males

Mons. Agustín Román

 

 

La reciente carta pastoral del Arzobispo de La Habana, Cardenal Jaime Ortega, No hay patria sin virtud, escrita y dada a conocer con motivo del 150 aniversario del paso al cielo del Padre Félix Varela, ha suscitado una estimulante ola de solidaridad con lo que en ella se expresa, y de aprecio por la voz profética que ha hablado clara y medularmente sobre la tenebrosa situación que vive hoy la nación cubana.

Es reconfortante ver cómo aquellos que no temen expresar la verdad, dentro de Cuba, han recibido con noble alegría y amplia aprobación las palabras de su pastor y cómo, al mismo tiempo, fuera de Cuba, en todos los ámbitos del destierro, ha habido un aplauso casi unánime para este importante mensaje.

Podemos decir, pues, que el notable documento está teniendo un fruto inmediato, altamente positivo, que es el de la unidad que en torno al mismo se está produciendo. El otro fruto que debiera producir, y ojalá lo haga abundantemente, es el de la reflexión, que debe ser profunda y franca, entre los cubanos que buscan, con sincero corazón y sin intereses personales, el cambio en Cuba.

Si ese cambio no se da primero dentro de cada cubano, si no tiene como base una auténtica comunión cívica que afinque el espíritu de patria más que las diferencias de grupos, y si no clava su vista, primero, en los criterios éticos que el Cardenal Ortega señala en su carta, recogiendo la enseñanza valeriana; vano será todo intento de acción política, porque un cambio de estructuras, sin que lo preceda el necesario cambio de actitudes, no será nunca una solución real.

A ese cambio interior, al que se refiere el Cardenal cuando nos propone a los cubanos de ahora “Pensar primero, pensar en cubano, pensar en Cuba...” deben dirigirse intensamente nuestros esfuerzos, fijando nuestra atención, como él mismo lo hace en su carta, en los jóvenes, en la familia, y en la patria misma como la familia grande de todos los cubanos.

“Que los jóvenes se decidan por la virtud”, pide el pastor habanero, pero se pudiera decir que todo su mensaje es, en suma, un llamamiento ferviente a que todos los cubanos escojamos la virtud, por ser éste el único camino capaz de conducimos a la libertad verdadera.

Con esto, el alto prelado cubano ha ido directamente al corazón de nuestros males y ha propuesto, fundado, como Varela, en el Evangelio de Jesucristo, el remedio cierto. Tal precisión no me sorprende: conozco al Cardenal Ortega desde antes de su ingreso al seminario matancero donde recibió su formación en las primeras disciplinas sacerdotales, y he leído mucho de lo que él ha escrito y ha dicho, hoy expresado en el libro que acaba de publicarse, Mi gracia te basta, a pesar de las difíciles circunstancias de su ministerio. De ahí que me hayan entristecido anteriormente juicios injustos emitidos contra su persona por algunos que, a no dudarlo, no conocen bien su pensamiento.

Ese pensamiento limpio, de pastor dedicado, de cristiano fiel, y de cubano íntegro, ha quedado plasmado meridianamente en No hay patria sin virtud. Es por eso que, a la vez que elevo mis oraciones por el Cardenal Ortega, y lo felicito, y le doy las gracias con fraternal afecto, pido humildemente a todos mis compatriotas exiliados, muy especialmente a los dirigentes de organizaciones, activistas y comentaristas, que dejen atrás todo ánimo de discordia para unirnos en la reflexión, el estudio y la puesta en acción de esta hermosa carta pastoral, en los 150 años de la partida del sacerdote exiliado que nos enseñó a pensar por el bien de Cuba y de los cubanos.

Fuente: La Voz Catolica. Abril del 2003