El Mariel demostró el amor familiar del pueblo cubano

Mons. Agustín Román

 

 

Dos reflexiones han hecho los cubanos que nos ofrecen un buen retrato de los valores que tiene nuestro pueblo. La primera se hizo en la Isla en 1986 y se llamó ENEC. La segunda se hizo en la Diáspora en 1992 en 19 países distintos y se llamó CRECED. Ambas se realizaron en la preparación del V Centenario del Comienzo de la Evangelización del Continente Americano.

En ambas resalta la preocupación por el valor familiar. El ENEC dedicó parte de la reflexión a la importancia de la familia en nuestro pueblo. CRECED dice en el #315 del documento final: “En nuestra cultura cubana la familia es un valor muy arraigado”. En 1980, al producirse el fenómeno del Mariel, se manifestó la estima de este valor en nuestro pueblo. Al conocerse que podían salir las personas de Cuba en aquel 1980, en Miami y en otras partes, por ir a buscar a sus familiares, esposos, hijos, nietos, tíos, primos y hasta compadres y amigos, se sacrifica todo. Se vendieron las casas. Se compraron barcos para traerlos. Fue una verdadera demostración de que por la familia se podía sacrificar todo. Se ha dicho que el Mariel fue una demostración de desorden social, pero, sin duda, fue también una demostración de amor: 125,000 personas traídas en 5 meses no fue fácil ni organizadamente.

La Arquidiócesis de Miami abrió sus brazos para recibirlos, pidiéndonos el Arzobispo McCarthy que tratáramos de responder a sus necesidades. Se organizó un equipo de recepción en Key West y otro en Miami. Fue admirable la hospitalidad de los sacerdotes, religiosos y seglares. Los Movimientos Apostólicos comenzaron al respecto unas reuniones de las cuales salió un folleto de bienvenida, con todas las orientaciones que necesitaban al llegar a Estados Unidos. Este folleto fue de gran ayuda no sólo para los que se quedaban en la Arquidiócesis, sino para los que partían a otros lugares del país. Gracias al folleto, cientos llamaban al Centro Pastoral porque tenían un teléfono a su servicio, y recibían las orientaciones necesarias sobre dónde se encontraba su familia. Algunos, al caer en las cárceles, pudieron comunicarse rápidamente y recibir el consuelo necesario. La Iglesia fue como un puente durante varios años para los encuentros de familias.

Las Caridades Católicas, con el muy querido Mons. Walsh, respondían a las necesidades del éxodo de acuerdo a sus programas ya existentes, adaptándose al momento que se vivía. Las Conferencias de San Vicente de Paúl, en las distintas parroquias, hicieron hasta lo imposible para que nadie quedara sin lo necesario.

La Ermita de la Caridad y los municipios de Cuba en el Exilio trataron de buscar alojamientos para los que no tenían o no encontraban a sus familiares. Al mismo tiempo, la Cofradía de la Virgen de la Caridad preparó un programa de catequesis para los que se acercaban manifestando la profunda hambre de Dios propia del que sale de un sistema totalitario ateo.

A las Hijas de la Caridad las vi en la Ermita pasar horas y horas tratando de consolar, orientar y preparar facturas de alimentos en los primeros días. La Unión de Cubanos en el Exilio (UCE), fundada por Mons. Boza Masvidal, gastaba gustosamente sus recursos socorriendo a los que solicitaban ayuda. El Mariel fue, sí, la manifestación de un pueblo que buscaba la libertad salido de la opresión, pero también fue la manifestación de un sentido de familia profundo. Se fue en busca de familiares a los que no se conocía por la separación de años, se les alojó en las propias casas y se les reconoció como parte de una familia con la cual hubieran convivido siempre.

Por fuera se veía más lo negativo pero, viviendo el acontecimiento por dentro, como la Iglesia lo vivió, descubrimos otra cosa. Recuerdo que una noche, cuando terminé la visita al último grupo que había llegado ese día desde Key West, como a las 2 de la mañana, y regresaba a la casa, me encontré una pareja en la Avenida 17 Sur, que me pedía detener el carro. Me detuve y abrí la ventanilla con cierto temor, pero me di cuenta de que era un matrimonio turista de habla inglesa que me preguntaba si sabía dónde se podía encontrar un taxi para regresar al hotel en Miami Beach. Pensando que a esa hora y lugar no iban a encontrar un taxi, me ofrecí a llevarlos. Se alegraron mucho al ver que era un sacerdote, ya que llevaba el cuello romano. También se dieron cuenta de que no era americano, y me confesaron que estaban horrorizados en Miami, porque esto estaba lleno de cubanos peligrosos. Me dijeron que, de haberlo sabido, nunca hubieran venido a pasar sus vacaciones aquí. Después de un rato, vieron que mi acento no era muy correcto y me preguntaron de qué parte era. Al decirles que era cubano, se apenaron mucho y trataron de excusarse, pero yo les dije que los comprendía bien, porque las noticias en los medios de comunicación no informaban bien.

Al llegar al hotel en Miami Beach, me pidieron una tarjeta para tener mi dirección y, al dársela, vieron que era obispo. Entonces me pidieron perdón doblemente. Varias semanas después, recibía una carta de Londres, del matrimonio inglés que había llevado mi tarjeta. Me decían que sentían haber pensado mal de los cubanos, pero que ahora creían que los cubanos eran lo mejor del mundo. Al leer la carta, me di cuenta de que estaban equivocados, antes y después. En todo pueblo hay de todo, pero, a veces, no somos capaces de ver lo más bello de un pueblo. En el éxodo del Mariel hubo sombras, pero también luces y, entre éstas, el amor a la familia, por la cual se sacrificó grandemente el exilio cubano.

Fuente: La Voz Catolica. Mayo/Junio, 2005