Sanar la familia para sanar a la sociedad y a la Iglesia

Mons. Agustín Román

 

 

El 15 de junio cuando regresaba de Dallas viajaba a mi lado en el avión un señor extraordinario: James Doherty, Jr., que venía de Oklahoma, donde vive con su esposa y sus hijas.

James y su familia son católicos y aprovechaban sus vacaciones para ir de misioneros a Piura, Perú. Se interesó por la reunión que los obispos acabábamos de tener. Le dije que los obispos habíamos tenido una histórica reunión, porque nos habíamos centrado en un solo tema cuando siempre se tratan varios y porque no conocía otra institución en Estados Unidos que se haya propuesto proteger a los niños y jóvenes del abuso sexual como la Iglesia al seguir con valentía lo que el Santo Padre les dijo a los cardenales en Roma en abril: “No hay lugar en el sacerdocio ni en la vida religiosa para los que dañan a los niños y jóvenes.”

Los obispos optaron por “cero tolerancia” con este pecado, que es también un crimen desde el punto de vista legal. Le conté a Doherty que los obispos habíamos prometido hacer todo lo posible por crear en nuestras instituciones un ambiente sano y seguro para toda la familia, pero de manera especial para los niños y jóvenes.

Mirando al pasado, los obispos reconocieron el grave daño que algunos miembros del clero les habían hecho a niños y jóvenes. Reconocieron que había que ofrecer terapia de sanación y reconciliación. Mirando al futuro, crearon un Equipo de Revisión de los casos de abuso sexual a nivel nacional y diocesano, que atendiera las denuncias rápidamente y las presentaran al obispo. Prometieron disciplinar a los responsables de tales delitos y cooperar con las autoridades civiles, teniendo presente la responsabilidad de pedir y dar cuentas a los que trabajan en la evangelización del Pueblo de Dios.

Oyendo al señor Doherty llegamos a la conclusión de que para sanar el mal del abuso sexual infantil, había que ir a la raíz del problema, que está en la misma familia. Más del 70% de los casos de abuso sexual de menores surgen en el seno familiar. Si este mal lo padecen todos los grupos sociales, ¿no será porque todos, entre ellos el clero, proceden de una familia? Fue interesante la discusión, porque me encontraba hablando con el padre de una familia ejemplar. La familia Doherty comparte el espíritu misionero de la fe, que la inspira a hacer feliz a su familia y a querer hacer felices a los demás. El, que es ingeniero, iba a Piura a construir dos capillas para que los residentes pudieran reunirse y adorar a Dios. Ella, enfermera, iba a ayudar a los enfermos. Qué lindo ejemplo el de estos dos padres para sus hijas.

Tenemos que esforzarnos por lograr la santidad de la familia, porque de ella sale el sacerdote, el maestro, él medico, el siquiatra, el sicólogo y todos los profesionales. Trabajemos por la familia y veremos los buenos frutos en cada ser humano, no importa su profesión.

Fuente: La Voz Catolica. Junio, 2002