Mi maestra y compañera

Mons. Agustín Román

 

 

Han pasado 34 años desde aquel momento.¡Increíble!

Era el 8 de septiembre de 1967 y el entonces arzobispo de Miami Coleman F. Carrol celebraba la Misa por séptima vez junto a una capillita que guardaba provisionalmente la imagen de la Virgen de la Caridad que había llegado de Cuba el mismo día, seis años antes.

La capillita se encontraba en unos terrenos que el Arzobispo había donado. Y allí él anunció públicamente que me nombraba Director Espiritual de la misma. El 14 de septiembre, recibí el nombramiento escrito y lo recibí con gran alegría recordando las palabras de Cristo en la cruz: Mujer, he ahí a tu hijo. Hijo, he ahí a tu Madre.

Me pareció que el eco de aquellas palabras del Señor llegaban a mi y quise responder como Juan respondió, acogiéndola.

Me parece increíble, con una salud frágil, haber vivido acompañando a la Virgen más de tres décadas, la mayor parte de mi destierro, la mayor parte de mi sacerdocio. Ella ha sido mi compañera. Ella ha sido mi maestra como cubano, como cristiano y como sacerdote.

Como cubano, porque Dios me trajo al mundo en el bello campo de Cuba, verde y florido. Ella me ha mostrado al pueblo que la aclama como patrona. Ella ha sido mi mejor maestra de geografía. Me ha mostrado los 126 municipios de Cuba con su historia, con sus costumbres y la alegría de sus chistes.

Me mostró a los que llegaron primero y ya han pasado a la casa del Padre. Me sigue mostrando, en cada peregrinación, a los que llegaron infantes y tienen ya hijos que han crecido. Me ha mostrado el valor de la familia. Los que fueron a buscarlos por Camarioca, los que recibieron por los vuelos de la libertad. Los que llegaron por el Mariel, los que vinieron por Guantánamo. Los que llegaron en balsas y los que no llegaron porque buscando libertad perecieron en el mar.

La Virgen ha sido mi maestra como cristiano, mostrándome el valor de la primera evangelización. El incomparable trabajo evangelizador de aquellos primeros misioneros que impulsados por la fe tuvieron el valor de cambiar lo conocido por lo desconocido al penetrar el mundo nuevo de nuestro continente y de nuestros países.

Hermoso es el paso en cada año de cada municipio con una historia que no podemos conocer sin la parroquia, primera comunidad de cada sociedad. Hermoso ha sido el paso de cada país de América con su rica cultura y su profunda religiosidad popular. Ella me ha mostrado como en la pluralidad cultural hay una unidad viviente porque tenemos un solo Señor, un solo bautismo y una sola fe sembrada no sin dificultades y expresada en la rica y variada religiosidad popular.

La Virgen ha sido mi maestra y compañera en esta obra, en mi sacerdocio desde 1967. He celebrado la Eucaristía más de 12,945 veces en su casa y junto a Ella desde su altar fui contemplando el paso de un pueblo que no puede separar la Madre del Hijo y que Ella les acompaña como en los Hechos de los Apóstoles se cuenta que lo hacía con la primera comunidad cristiana.

Junto a Ella he vivido la renovación que nos trajo el Concilio Vaticano II desde el punto de vista pastoral. El clamor de justicia de la reunión de los obispos latinoamericanos en Medellín y el impulso evangelizador de su reunión en Puebla de los Angeles. Junto a Ella he vivido su reunión en Santo Domingo preparando el V Centenario de la evangelización del continente y también nuestro inolvidable Encuentro de CRECED (Comunidades de Reflexión Eclesial Cubana en la Diáspora) en San Agustín. Junto a Ella hemos preparado el II y III Encuentros Nacionales de Pastoral Hispana. Junto a Ella he preparado mi participación en el primer Sínodo de Miami buscando que el Evangelio llegue a todos en esta Arquidiócesis.

Con Ella, he soñado ilusiones y me he despertado en la realidad, buscando que el Reino de su Hijo no deje de llegar a todos. Ver ese río humano que ha pasado y pasa frente a su imagen invocándola como Madre de la Caridad siempre me hace exclamar: ¡Ay de mí si no evangelizo!

Fuente: La Voz Catolica. Septiembre, 2001