Mons. Román, Obispo de la caridad

Líder fiel del exilio

Rogelio Zelada

 

 

En la modesta construcción que era la Ermita de la Caridad en 1969, en los terrenos del Hospital Mercy, el P. Agustín Román oficiaba la Misa y atendía diariamente a los exiliados cubanos que iban en busca del pan espiritual y de la consoladora imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, a la cual elevaban sus plegarias por la pronta liberación de Cuba.

En la desolación del destierro y la destrucción de Jerusalén, el profeta Jeremías escucha la voz del Señor que, como un cántico de luz y de esperanza, anuncia y consuela a un pueblo desesperado: “Les pondré pastores según mi corazón, que los alimenten con inteligencia y prudencia .” (Jer. 3, 15). En todos los momentos duros del devenir humano, Dios interviene para enderezar de una y mil maneras los retorcidos renglones de la historia. Es como si el error o la maldad fueran un reto constante para el Dios providente y sabio que con infinita delicadeza y sin torcer la libertad de sus hijos, debe inventar, una y otra vez, insospechadas avenidas de gracia que transforman las tinieblas en resplandor, y el dolor en sonrisas y consuelo.

Para el cubano creyente, el año 1961 fue quizás el más terrible y oscuro: la Iglesia fue despojada de todas las instituciones que había creado con tanto esfuerzo y que servían para su misión evangelizadora: las escuelas, las universidades, las obras asistenciales, las publicaciones. Desaparecía toda la presencia pública no sólo del clero y de la jerarquía, sino de todo católico fiel a la Iglesia y, con ello. la posibilidad de tener una voz en la sociedad.


Campaña de intimidación

Se inició la más feroz campaña de descrédito, represión e intimidación vista hasta entonces. Fueron incautados conventos y noviciados y las órdenes e institutos religiosos tuvieron que abandonar sus casas y partir al exilio, a la diáspora. De los 700 sacerdotes que atendían a una población de entonces seis millones, apenas pudieron quedar unos 200, de las 158 comunidades religiosas femeninas que se dedicaban a la educación, la caridad o la pastoral, sólo quedaron 43. Las comunidades masculinas se redujeron de 87 a 17. De las más de 2000 religiosas que servían a la Iglesia y al pueblo de Cuba, quedaron apenas 200.

El 17 de septiembre de ese año, a la fuerza se obligó a partir de Cuba a 131 sacerdotes y un obispo cubano, Monseñor Eduardo Boza Masvidal, que el Buque Covadonga llevó como carga sagrada a un destino incierto. Había comenzado el tiempo duro en que España, Venezuela, Puerto Rico, Estados Unidos, Panamá, Colombia, y cientos de países se convirtieron en el nuevo paisaje de miles, de millones de cubanos que tuvimos que dejar nuestra Isla para comer en libertad el pan del destierro.

El desarraigo


La Iglesia que dejábamos atrás había sido parte de nuestra vida, de nuestra identidad, de nuestras raíces: lo que explicaba y articulaba nuestra fe y daba sentido a nuestras tradiciones, a nuestra forma de orar y de celebrar. Nuestra pertenencia a la iglesia local, a nuestras parroquias o grupos de apostolado, nos ataba a nombres, tradiciones, colorido, experiencias. Era como la voz de un lenguaje conocido y compartido a distinto tiempo e intensidad, que necesitábamos volver a escuchar ahora en un marco eclesial totalmente distinto.

En el desarraigo desde el que se parte para encontrar, sin saber coómo, un nuevo sitio en un vivir de Iglesia que es sonora y factual-mente distinto.

¡Qué hubiera sido de la fe de los cubanos en este exilio sin los sacerdotes y obispos con que la Providencia quiso acompañarnos en toda esta misteriosa andadura de más de cuarenta años! Su voz, su consejo, su ejemplo nos ha hecho más suave y más cubano el diario vivir en tierra extranjera.

¿Qué sería de nosotros si no hubiéramos tenido como padre a Mons. Agustín Román? Él, junto con Mons. Boza, ha sido auténtico profeta del exilio, el pastor que nos sabe acompañar porque nos entiende tal como somos, con nuestros defectos y aciertos. Su sana y aguda sabiduría campesina le ha permitido sacudir los aires de nuestra cubanía y decirnos todas las verdades al modo paulino.


Un hombre de fe y oración


Para Mons. Román el evangelizar no ha sido nunca un discurso dicho con técnica y elegancia, sino sobre todo un comportamiento que avala y da poder a su palabra lanzada como semilla en toda oportunidad y momento. Un hombre de fe y de oración, el líder prudente y diáfano que ama a la Iglesia con pasión y vive su fidelidad testimonialmente. Alguien que siempre está ahí, dispuesto a atarnos a los más puros criterios del evangelio sin concesiones ni acomodamientos, porque vive su experiencia de Iglesia con alegría y entusiasmo contagiante. En él cobra fuerza y resuena con actualidad la vieja promesa bíblica: “les daré pastores según mi corazón”.

¿Qué sería de nosotros sin este profeta que nos ha ayudado a tocar el amor del Padre y sentir su cercana compañía, que nos ha enseñado a ser cubanos y católicos, que nos ha ayudado a integrarnos a la Iglesia que vive en el sur de la Florida sin asimilarnos?

La terrible experiencia de aquel 17 de septiembre de 1961 fue una bendición para los cubanos exiliados. Allí, sin lugar a dudas, actuó ese misterioso quehacer divino, esa extraordinaria escritura de Dios que endereza los renglones retorcidos de la historia para sacar bienes de los males.

En el libro de Jeremías, la promesa del Señor concluye en la esperanza y el fin de la diáspora y el destierro: “En aquel día todo el pueblo vendrá junto, como hermanos, desde las tierras del norte a la tierra que di en herencia a sus padres”. (Jer 3, 18.)

Si hemos mantenido la fe, si hemos crecido como pueblo de Dios, si el amor a la Virgen de la Caridad nos sigue animando, si de la experiencia que hemos pasado hemos aprendido a ser justos, tolerantes, sinceros, y dados al perdón, a la comprensión y a la reconciliación, si somos capaces de trabajar juntos y aceptar la diversidad de opiniones, si reconocemos que la libertad es respetuosa, servicial porque es el don más precioso del Creador, es porque entonces se acerca ya la hora del regreso.

Cuando llegue ese día, desde la verdad de nuestro corazón tendremos que elevar una oración agradecida al Señor por todos los pastores que nos han guiado a puerto seguro, porque El nos envió, sin nosotros merecerlo, a pastores según su corazón; pastores y profetas como Monseñor Agustín Román.

Fuente: La Voz Catolica, Arquidiocesis de Miami. Agosto 2003