Una ejemplar paternidad

Mons. Felipe Estevez

 

 

Cuando el Padre Agustín Román fue nombrado Prelado de Su Santidad el 24 de febrero de 1974, muchos le preguntaban: “¿Cómo quiere usted que le llamemos?” Después de dar una clara catequesis sobre el sentido de las palabras “Padre” y “Monseñor” como servidor, simplemente dijo: “No importa cómo me llamen, tengan la seguridad que siempre he de responderles: Presente”. ¡Y siempre lo ha estado!
Aquel joven sacerdote ordenado por Mons. Martín Villaverde, obispo de Matanzas, Cuba, el 5 de julio de 1959, jamás se hubiera imaginado que dos años después sería cruelmente expulsado de su Patria para adentrarse en un exilio involuntario de más de 42 años.

Como para el Señor nada es imposible, de este cruel evento el Dios de la historia abriría nuevas sendas y haría fecunda esa profunda herida. Los hijos dispersos de Cuba que han encontrado en él a un padre y un guía, son incontables.

El joven párroco de Coliseo, en Matanzas, pasó a ser el ardiente misionero de la región del Arauca chileno. Allí bebió de la renovación del Concilio Vaticano II en marcha, que esa Iglesia local de Temuco iba asimilando al final de cada sesión del Concilio. Él los traducía inmediatamente en una verdadera pastoral de conjunto nacida al calor de aquellas noveles orientaciones conciliares. Cuando regresó al área 40 años después, no pudo dejar de notar que todavía lo recordaban con afecto.

Hoy nadie duda que es la voz espiritual más reconocida del destierro, del inmenso exilio cubano. El 24 de marzo de 1979 fue consagrado Obispo para el servicio de la Arquidiócesis de Miami, convirtiéndose en el primer cubano que formara parte de la Conferencia de Obispos de Estados Unidos. En esta capacidad, procuró que el rostro de la Iglesia fuera acogedor y defensor de los exiliados e inmigrantes de toda América. Promovió al máximo el apostolado seglar a través de los movimientos apostólicos. Heraldo de la Palabra, ha mantenido un activo protagonismo en los medios de comunicación, especialmente en el periódico La Voz Católica, la revista Ideal y la emisora radial Radio Paz. En esta nueva sociedad multicultural, su liderazgo de paz y reconciliación, de entendimiento entre las etnias y razas, las Iglesias cristianas y la sinagoga, ha fortalecido la sociedad civil, y ésta lo ha reconocido claramente en múltiples ocasiones.

Fuera de su patria tuvo la carga y la dicha de ser escogido por el Arzobispo Coleman Carroll para ser el rector-constructor y fundador del Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad, la tan amada Ermita. Con medios pobres nació una pastoral de santuario centrada en la predicación de las Escrituras, una mariología renovada, la organizada peregrinación de municipios cubanos, la celebración de las fiestas marianas del continente y la sana orientación de la piedad popular. No sorprende a nadie que la inolvidable diva Celia Cruz fuera una de los tantos cofrades.

Cuando la voz del pastor es así reconocida, la humanidad sufriente –como decía el Padre Varela– puede confiar. Y no se olvidará su importante obra de alcance nacional en la resolución pacífica de los motines de los presos cubanos en las cárceles sureñas. Menos llamativo, pero quizás más efectivo, es el contacto personal a través de visitas, llamadas y cartas que mantuvo con los presos, a veces resolviendo necesidades prácticas, o comunicándose con sus familiares en la isla y en todo momento guiando y orientando, sembrando el evangelio.

No sorprende que para los elementos de su escudo episcopal escogiera el texto paulino “¡Ay de mí si no evangelizara!”, y así dijo: “He querido convertirlo en un eco que me examine durante mi vida de Obispo”.

¿Quién pudiera dudar en una retrospectiva de 25 años que pasa este examen summa cum laude?

En una profunda escucha del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, Mons. Román “se ha gastado y desgastado” para que el nombre y la verdad de Jesucristo sean reconocidos por todos. Su habilidad en ilustrar las verdades de la fe con ejemplos vivos, historias graciosas, situaciones del momento es parte integrante de su catequesis y predicación.

En pastoral se habla de una evangelización inculturada. Es decir, que sólo la evangelización que asuma lo propio de una nación deja impacto imperecedero. Mons. Román ha sido un curioso estudioso de este enlace del Evangelio con la cultura, pero siempre partiendo de su rica experiencia con la comunidad de fe, siempre desde el trabajo incansable de pastor de almas.

Quizás se podría pensar que lo más notable de su ministerio Episcopal ha sido el pastoreo del pueblo cubano exiliado. Mientras servía en Chile recibió la llamada de venir a Miami para ayudar a su familia en su éxodo. La historia de salvación muestra el poder de los pequeños.

La línea maestra de su actividad ha sido convertir el exilio en tiempo fecundo. En una estrecha colaboración con el otro gran Obispo-Padre, Mons. Eduardo Boza Masvidal, ha buscado sin cesar la unidad del pueblo cubano (Isla-diáspora), ahondando en las raíces históricas de la nación para conservar su identidad cultural.

El movimiento CRECED ha sido el signo más visible de este esfuerzo. Ha sido una búsqueda constante para señalar los valores perennes de la nación, de conocer el pensamiento fundacional del Siervo de Dios, Padre Félix Varela, revelar la fuerza congregante de la Virgen de la Caridad, los valores de la familia, y sostener la esperanza de una Cuba nueva basada en la verdad, la justicia, la libertad y el amor: cuatro columnas de la justicia social para edificar una sociedad pacífica y próspera.

Fuente: La Voz Católica, Arquidiócesis de Miami. Marzo del 2003